De regreso de un fructuoso descendimiento a las reverberaciones de la métrica hispánica, entra Carmen Serrano a la estación del Soneto. Un salvoconducto de graneados endecasílabos y alejandrinos la exime de cualquier apostasía. Intimidad subvertida, tiempo indomeñable en los espejos de una existencia que, de igual modo, se sumerge en vastos rios filosoficos que enhebran los claroscuros de un paisaje interior. Todo parece concurrir y vibrar con renuevos inmarcesibles en los sonetos de Carmen Serrano, poeta que se nos ha vuelto imprescindible con su palabara bondadosa y las gestualidades encarnadeas en el universo de sus estrofas.

